Granada, provincia andaluza localizada a 428 kilómetros al sureste de Madrid, España, es una ciudad de contrastes que arropa la palidez entumecedora de la nieve en invierno y un intenso sol naranja que tapiza de manera majestuosa todos los espacios en verano.
Colmada de monumentos musulmanes, herencia de 800 años de dominación árabe, esta tierra es un sincretismo vivo entre la antigüedad del islamismo y el cristianismo y la euforia del modernismo. Prueba de ello es la Alhambra, que significa Fortaleza Roja, una impresionante ciudad palaciega situada en esta metrópoli con edificaciones de la Europa contemporánea, que abraza con apego el avance de las ciencias. Este singular conjunto arquitectónico, uno de los más importantes de la Edad Media, fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1984.
La Alcazaba, recinto militar, es la estructura que dio inicio a la construcción del complejo de palacios nazaríes. Está conformado por el Mexuar, el Palacio de Comares, articulado con el Patio de los Arrayanes, y el conjunto residencial del Patio de los Leones. Alrededor se encuentran la Puerta del Vino, los Jardines del Portal, además de las 22 torres que aún se conservan de las treinta que resguardaban el recinto.
Desde la Torre de la Vela, una de las más altas de la Alhambra, se puede apreciar Granada, como si se tratase de una vista aérea, con las aves volando alrededor y los fuertes vientos.
El apetito turístico de guardar en sus cámaras hasta el último detalle de la Alhambra no deja de ser un sueño desmesurado porque, más allá del arte arquitectónico, su esencia fundamental es el misterio escalofriante y seductor que se percibe en directo, algo que le sirvió al escritor norteamericano Washington Irving para perpetuarse en la historia con sus “Cuentos de la Alhambra”.
En el Mexuar funcionaba el tribunal real. Se trata de una de las salas que más transformaciones sufrió con la llegada de los Reyes Católicos tras la Batalla de las Navas de Tolosa, en el siglo XIII. Dentro se encuentra el cuarto dorado. El contraste de la madera del techo con los ostentosos ornamentos incrustados, justificaría una observación de horas.
Más adelante, en dos puertas de la fachada de Comares se dibuja un enigma donde “el este envidia al oeste”, como cita un poema grabado en una de las paredes.
Una enorme alberca, con agua cuidadosamente remansada, forma un espejo natural en el Patio de los Arrayanes que convierte el frente del Palacio de Comares en una estructura flotante. En este lugar, diplomáticos y políticos aguardaban para ser atendidos por el sultán. Alrededor la frescura de los mirtos invita a especular que tal vez a la visita le agradaba que el gran jefe se tardara.
A los pies de la Torre de Comares, la más alta del conjunto, está desnudo el salón de embajadores, lugar que deja por sentado que el ingenio de los musulmanes desconocía la palabra “frontera”. Las más de ocho mil piezas de cedro que conforman el alto techo de este recinto emulan la cosmogonía islámica. Aquí se reunieron las últimas autoridades musulmanas luego de 800 años en el poder de esta tierra andaluza. Por las ventanas penetran los rayos del sol disminuidos en diferentes colores, dependiendo del ángulo.
La cerámica de la Fortaleza Roja es otra maravilla que burla la ingenuidad de miles de turistas. Además la variedad de matices, demuestra que los artesanos de la época consiguieron plasmar las 16 formas de simetría matemática existentes.
“En apariencia, agua y mármol parecen confundirse, sin que sepamos cuál de ambos se desliza. ¿No ves cómo el agua se derrama en la taza, pero sus caños la esconden enseguida? Es un amante cuyos párpados rebosan de lágrimas, lágrimas que esconden por miedo a un delator”, expresa un poema grabado en la taza del Patio de los Leones, el lugar más íntimo de La Alhambra. No sólo representa la riqueza del agua para un pueblo procedente del desierto sino la paz.
La sombra de decenas de altas columnas en el Patio de los Leones burla el sol y seguramente en las noches se convierte en un breve parpadeo que, al paso, distrae de una noche estrellada, donde la música es destilada por las bocas de los doce leones que surten la fuente. Estas figuras hoy son restauradas a un costo de 550 mil euros.
Un poco más adentro, la elegancia y lujo de las salas de los Abencerrajes develan los aposentos del sultán. La mirada humana tiende a embotarse al tratar de procesar los diminutos e infinitos detalles de altos marcos redondeados, que dan paso a techos similares a estalactitas, algo típico de los nazaríes.
La conquista cristiana de Granada quedó bien representada con la ruptura de las líneas y estilos de los musulmanes luego de la construcción del Palacio de Carlos V, la promesa de un gran centro político para su imperio. Complejas formas adornan esta enorme obra, imposible de capturar con una cámara sin una lente especial. Con un centro vacío rodeado de columnas similares a las del Coliseo Romano, este palacio hoy alberga el Museo de Bellas Artes de Granada.
El descanso era algo de suma importancia en tiempos nazaríes, los extensos e imponentes jardines y las fuentes sin paragón del Generalife, así lo reflejan. Era como el chalet del sultán. Fue levantado a tan sólo 500 metros de la Alcazaba por motivos de seguridad. Aquí la fuerza del aire pasa a un segundo plano por el olor que desprenden enormes cipreses plantados en el camino.
Una vez más el ingenio le gana a la ingenuidad. Las potentes fuentes del Generalife, también declarado Patrimonio de la Humanidad, funcionan sin bomba. Desde su creación, a finales del siglo XIII, la caída del agua que adorna los pasamanos de empinadas escaleras tiene un propósito increíble: empujar la corriente entre las tuberías, ayudada por la gravedad. El encanto y sabiduría exhibidos en este lugar permiten pensar que los datos de su historia son ampliamente anacrónicos.
La Alhambra indudablemente es un lugar de contrastes como la misma Granada, al debatirse entre lo real y lo onírico, la oscuridad de sus mazmorras y la policromada variedad de formas e iluminación, la cosmogonía islámica y el cristianismo, mezcla espontánea perfecta para el deleite.
La Alhambra desde el Mirador de San Nicolás del Albayzín. (Foto El Carabobeño)